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Sobre deserciones y groserías, el periodismo comienza a ser clasificable

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Sobre deserciones y groserías, el periodismo comienza a ser clasificable

Por León Guinsburg. Si bien el filósofo Max Weber definió a los periodistas como “no clasificables”, cabe agregar que el periodista es un sujeto social que hace equilibrio en la estrecha cornisa de la pared que separa la verdad de la conjetura.

 

En todo caso, su situación de asalariado lo obliga a caminar por el concepto de “libertad de expresión” que sustenta el grupo empresario para el que trabaja. Así su matriz profesional se liga a la línea editorial, que suele responder a intereses económicos y corporativos de gupos, sectores o clases.

Los medios resultan de este modo factores de presión para defender negocios que no son sólo de índole mediática, ya que la finalidad es ejercer poder sobre los poderes -valga la redundancia-,  que administran, legislan y sientan jurisprudencia sobre la cosa pública, acomodando normas y políticas de tal modo que siempre resulten beneficiosas para intereses propios o de terceros en connivencia.

El periodista, inteligente y culto, se reconoce último eslabón de la cadena, asumiendo o no, según sus convicciones, esta condición subordinada. De ahí, frente a situaciones que desenmascaran públicamente el sospechoso historial del empleador, no extraña que ante la crisis de credibilidad pública que actualmente afecta al “Gupo Clarín”, se produzcan deserciones de periodistas de nota, incluso los que se jugaron por la causa de su patronal con exposición controvertida de sus personas.

Se deduce que el límite de su “clasificabilidad”  -valga el neologismo-, lo pone la propia conciencia del periodista, en relación con su apacidad de soportar los dictados patronales.

Conciencia y formación inciden para que no se llegue, en virtud de presiones, al extremo del antiperiodismo, como sucede en un programa clave de uno de los canales del “grupo” que quedó momentáneamente con una sola voz.

Porque formular a los invitados preguntas con respuesta tendenciosa incluidas, no forma parte de técnicas honestas del reportaje, así como tampoco falsear información condice con la misión periodística.

Por ello, la declinación gradual de la influencia sobre estamentos políticos y la opinión pública de los medios hegemónicos, arrastra a pérdidas cualitativas -y cuantitativas también-, y consecuentemente, a la incursión en formas no periodísticas, cercanas a la grosería o casi pornográficas.

En estos casos se puede deducir que el equilibrista cayó de la cornisa para el lado de la conjetura, quedando la imprescindible verdad tapada por la pared.

A su vez, nació una nueva conciencia periodística que de a poco va logrando modos y formas, con un concepto distinto y opuesto al de la “libertad de expresión” concebida así por el mundo corporativo.

Con defectos tal vez, que se irán puliendo en el tiempo. Con mística, porque el ejercicio de liberar ideas pasa a ser una causa. Con ansias de protagonismo por último, porque las nuevas tecnologías así lo permiten.

El periodismo, aquí en la Argentina, comienza a  ser clasificable. Los periodistas, también.

 

 

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